Era un día cualquiera de noviembre, lluvioso y de cielo triste. Pero para Clara, era un día muy especial.
Clara había querido siempre una mascota, no le importaba cuál. Tanto un gatito como un perrito le habrían encantado, e incluso animales más fríos, como un pájaro o una tortuga, habrían bastado para iluminar su mirada y tornar su voz en música.
Pero eso cambió un día, cuando Clara vio a una por primera vez. Ella estaba corriendo por el patio de recreo, cuando notó un leve crujido bajo la suela de su bota. Apartó el pie, y vio algo de lo más intrigante: una especie de máquina minúscula, no mayor que la punta de su pulgar; que se movía renqueante, averiada sin duda por el pisotón que ella le había dado. Asaltada por la posibilidad de haber roto el juguete de alguien, la recogió con sumo cuidado y se la enseñó a Irene, su compañera; que siempre aparecía con algún juguete nuevo. Irene salió corriendo, dando gritos; y la pobre Clara se quedó perpleja, sin saber qué hacer con su hallazgo. Salvo observarlo detenidamente, a ver qué podría haber aterrorizado tanto a Irene.
Los ojos de Clara, rápidos y agudos, no tardaron en advertir que eso no era máquina ni juguete: nunca lo había visto antes, pero estaba evidentemente vivo. Y qué ser vivo más extraordinario era: su cuerpo y su cabeza estaban unidos en una sola pieza de formas redondeadas, en la que había lo que tenía todo el aspecto de cuatro pares de ojos, y un par de pinzas con aspecto de dientecillos o zarpas; que se abrían y cerraban. Además, lo más espectacular: de ese cuerpecillo se extendían ocho patas largas y articuladas, una de ellas lesionada por el descuido de Clara. Al tacto le resultó extrañamente dura y rígida, para el aspecto tan frágil que había mostrado en el suelo bajo su pie.
Clara depositó a la cosa en un agujero en la pared de ladrillos del patio, y no tardó en encontrarla de nuevo por las paredes del colegio. Clara descubrió poco después en un libro el nombre de la criatura -”araña”- y comenzó a dedicar sus recreos a investigar a la comunidad arácnida del colegio, a la que observaba corretear por paredes y techos, tejer hermosas y complejas telarañas y atrapar en ellas a moscas y cucarachas; hecho este último que le hizo sumar un nuevo sentido de rivalidad a su ya vieja antipatía por tales insectos.
Bastó encontrar la colección de Amazing Spider-Man de su padre, en el trastero, para que Clara convirtiese a las arañas en una suerte de animal totémico: unas veces admiraba el miedo que inspiraban a sus compañeros de clase, que nunca le habían caído muy bien de todos modos; y otras envidiaba su capacidad de observar el mundo casi en secreto, esencialmente desapercibidas a los ojos de la gente grande y tonta. Clara ya no quería un gatito ni un perrito: quería una araña, y cuanto más grande mejor.
Y hoy, su padre le había dicho que le compraría una: la más grande, rápida y fuerte de todas.
1 comentarios:
Es un cuento muy simpático. Me ha gustado bastante.
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